Tympanum, Dionysianism, labyrinth, Ariadne’s thread. we are now traveling through (upright, walking, dancing), included and enveloped within it, never to emerge, the form of an ear constructed around a barrier, going round its inner walls, a city, therefore (labyrinth, semicircular canals—warning: the spiral walkways do not hold) circling around like a stairway winding around a lock, a dike (dam) stretched out toward the sea; closed in on itself and open to the sea’s path. Full and empty of its water, the anamnesis of the concha resonates alone on a beach. How could a breach be produced, between the earth and the sea?
When we run over libraries, persuaded of these principles, what havoc must we make? If we take in our hand any volume; of divinity or school metaphysics, for instance; let us ask, *Does it contain any abstract reasoning concerning quantity or number?* No. ¿Does it contain any experimental reasoning concerning matter of fact and existence?* No. Commit it then to the flames: for it can contain nothing but sophistry and illusion.

Nuestra fuerza de resistencia y de invención exige que renunciemos a las delicias del margen, de la oblicuidad, de la deconstrucción infinita, del fragmento, de la temblorosa exposición a la mortalidad, de la finitud y del cuerpo. Debemos, y por lo tanto podemos, declarar en el arte la existencia de aquello que, para el pobre siglo que comienza, ya no existe: la construcción monumental, el proyecto, la fuerza creadora de los débiles, el derribamiento de los poderes establecidos.

Debemos oponernos a todos los que sólo quieren finalizar, a la cohorte de los últimos hombres, extenuados y parasitarios, a su infernal “modestia”. El fin del arte, de la metafísica, de la representación, de la imitación, de la trascendencia, de la obra, del espíritu. ¡Basta! Declaremos de una vez por todas el Fin de todos los fines, y el comienzo posible de todo lo que es y de todo lo que fue y será.

una cosa no es
lo que usted dice
que ella es
es mucho más
es un conjunto
en el sentido más amplio
una silla
no es una silla
es una estructura
de una complejidad
inconcebible
atómicamente
electrónicamente
químicamente
luego
pensarla
como una simple silla
constituye lo que
Korzybski
llama una identificación
y es la totalidad de esas identificaciones
que produce
la sinrazón
y la tiranía

6

Cosas que pensé durante la cena y anoté:

a) En esta situación de espera de Lyon habla una voz que me dice que la espera no tiene sentido, pero en esa misma voz hay al menos un eco de ese sentido que se niega.

b) ¿Y si la espera fuera la espera de otra espera? ¿Y si hubiera otra muerte después de la muerte?

c) Recuerdo una frase de Julien Gracq donde aparece el verbo esperar: «El escritor no tiene nada que esperar de los demás. Créame, ¡sólo escribe para él!»

d) «¡Viajar! ¡Perder países!» (Fernando Pessoa).

e) ¡Escribir! ¡Perder libros, perderlos todos!

cuanto más lejanas y justas
sean las relaciones
de las dos realidades acercadas
más fuerte será la imagen
dos realidades que no tienen ninguna relación
no pueden acercarse
útilmente
no hay
creación
de imagen

y dos realidades
contrarias
no se acercan
se oponen
una imagen
no es fuerte
porque es brutal o fantástica
sino porque la asociación
de las ideas es lejana
lejana y justa

Me formé en la era de Godard. Lo que le había visto hacer a éste y a otros cineastas de los 60 lo asimilé con tanta naturalidad que después, cuando alguien me reprochaba, por ejemplo, la incorporación de citas a mis novelas, me quedaba asustado de la ignorancia del que reprochaba aquello en el fondo tan normal para mí. A fin de cuentas, poner una cita –como bien sabía Sterne y yo sabía ya entonces- es como lanzar una bengala de aviso y requerir cómplices. Me sorprendía encontrar tarugos que veían con malos ojos lo que yo siempre había visto con mi mejor mirada: esas líneas ajenas que uno incluye con uno u otro, o ningún propósito, en el texto propio.
Todo se acaba, pensé.
Todo menos París, me digo ahora. Todo se acaba menos París, que no se acaba nunca, me acompaña siempre, me persigue, significa mi juventud. Vaya a donde vaya, viaja conmigo, es una fiesta que me sigue. Ya puede acabarse este verano, que se acabará. Ya puede hundirse el mundo, que se hundirá. Pero mi juventud, pero París no ha de acabarse nunca. Qué horror.

Pero no hagamos ya más literatura


Pero no hagamos ya más literatura. Por este mismo correo (o mañana) te envío, certificado, mi cuaderno de versos, que guardarás, y del que podrás disponer para cualquier fin como si fueras yo mismo. (…) Adiós. Si mañana no consigo la estricnina en dosis suficientes, me arrojaré al metro… No te enfades conmigo.

Mario de Sà-Carneiro (en carta a Pessoa del 31-3-1916)

Le digo que soy un perseguidor de vidas ajenas, una especie de ocioso detective, un cuentista. Le digo que vivo fuera de mí. Le explico que me gusta mucho el aire libre así como tener los ojos bien abiertos Le cuento que sigo a la gente para indagar cosas acerca de ella, cosas que luego introduzco en mis cuentos. Coloca sobre mí hombro una mano inmensa y amenazante y me pregunta cómo se llama el cuento en el que estoy trabajando. Le digo lo primero que se me ocurre: Yo vendo unos ojos negros. Me mira con absoluto recelo, y luego me dice que él no quiere ser el personaje de ningún cuento. Me muestra su puño y me asegura que es más grande que el de Cassius Clay. No, no, y no, creo que dice. No quiero salir en ese cuento. Le digo que estoy muy fatigado, que he decidido no incluirle en el cuento y que, por favor, deje seguir su camino a un pobre hombre cansado. Sorprendentemente, su rostro pierde toda ferocidad. La palabra cansado parece haber obrado el milagro. Vuelve a ser el boxeador tierno y fatigado que vi en la calle de Banys Nous. Me dice que se llama Romeo y que si puede acompañarme a las Ramblas. Respiro de alivio, y le digo que por supuesto y que le contaré por el camino la historia de un viejo sacristán cansado y anarquista al que hoy he seguido. Andamos apoyándonos el uno en el otro, terriblemente extenuados. Es ya totalmente de noche, y suenan a lo lejos las campanadas de las siete. Me está diciendo que quiere regalarme el Niño Jesús de Praga cuando, al enfilar la Baixada de Santa Eulalia, oímos una fuerte explosión. El gas, dice Romeo. La más que probable bomba de un viejo kamikaze, le aclaro yo. Se pone aún más tierno y sentimental el negro cuando le digo que está volando por los aires de la catedral.